Madre Elisea Oliver Molina Madre Elisea Oliver Molina
Breve biografía de Madre Elisea
Perfil de Madre Elisea
Cómic: "La huella que deja el fuego"



Breve biografía de Madre Elisea Oliver Molina
Fundadora de las HH. de la Virgen María del Monte Carmelo

Datos históricos

Julio de 1869.

Benidoleig, pequeño pueblo campesino, de origen árabe, perteneciente a la provincia de Alicante.

El día 9 de abril del mes y año arriba citados, nace en aquella entonces aldea, Josefa Oliver Molina, que más tarde había de ser Madre Elisea, nuestra biografiada.

Perteneciente a una familia de la clase obrera, su padre era barbero y practicante, vivió Josefa modestamente su infancia y adolescencia, pero sin grandes estrecheces económicas, ya que dicha familia poseía unas tierras que cultivaba y que, junto con el oficio del padre, les proporcionaba cierto desahogo de vida.

Tomás Oliver González, padre de Josefa, tenía dos hijos de su primer matrimonio, cuando contrajo segundas nupcias con Josefa Molina Ballester, madre de Josefa. Fue "Pepa" la décima de once hermanos que crecen en aquel hogar auténticamente cristiano, asimilando las virtudes evangélicas que sus padres y hermanos practicaron y supieron inculcarles.

Josefa creció en un ambiente de honradez, sencillez y amor. Ambiente que fue forjando los rasgos más destacados de su personalidad. Como más adelante iremos comprobando, en M. Elisea sobresalió siempre su sinceridad, humildad y caridad.

La infancia de Josefa, o Pepa (así la llamaban sus familiares y amigos), no tuvo nada extraordinario. Asistía a la escuela y ayudaba en las faenas de casa.

No realizó estudios superiores, pero frecuentó durante su vida la buena lectura, especialmente libros de historia.

Espíritu sensible a todo lo bello, cultivó el arte de la música, pintura, bordado y canto, para lo cual estuvo maravillosamente dotada. Sus cualidades de artista las puso, ya en su vida religiosa, al servicio de Dios y de sus hermanos los hombres.

Sabemos, por los vecinos del pueblo, que la joven Josefa, allá por sus 18 años, era ya un verdadero apóstol.

Colaboraba con la parroquia en la catequesis, coro, arreglo de altares... Trataba de llevar la alegría a todos los que la rodeaban, siendo mayor su entrega a los más necesitados. Los pobres y enfermos eran objeto de sus preferencias, como así lo atestiguan sus paisanos.

Este espíritu de caridad es el que la movió a ingresar en una Congregación religiosa, buscando asís la mejor manera de consagrar su vida por el Reino.

Fue por el años 1889. Conoció a dos religiosas, Aguasvivas Vives y Fe Bañón, pertenecientes a una naciente Congregación de Carmelitas Terciarias, fundada por M. Piedad de la Cruz, residente en Alcantarilla (Murcia).

Josefa Oliver, que a la sazón contaba 20 años de edad, marchó con aquellas religiosas e ingresó en el joven instituto con el nombre de Sor Providencia. Nombre que solo llevó durante dos años.

El carácter poco estable de aquella Congregación, que no tenía aún aprobación diocesana y, además, se sostenía con las limosnas que las religiosas recibían al pedir en frecuentes salidas por calles y ciudades, no satisfizo a Sor Providencia, que decidió abandonar aquella vida.

Fue dolorosa para ella la decisión tomada. Sentía tener que abandonar a M. Piedad de la Cruz, a la que tenía verdadero cariño. Aun con el tiempo se le oía exclamar con frecuencia: "Aquella M. Piedad sí que era una santa".

De regreso a su pueblo natal pasó por la villa de Caudete (Albacete) con el fin de saludar a Sor Aguas Vivas y Fe Bañón, que formaba parte de la comunidad que trabajaba en el hospital de San Diego y que pertenecían a las religiosas de Alcantarilla. Con gran sorpresa comprobó que la situación de aquella comunidad no era otra que su propia situación.

Puestos en común sentimientos, deseos e inquietudes en los cuales coincidían, y no sin antes orar y pedir ayuda y orientación a los PP. Carmelitas de aquella ciudad, decidieron aquellas religiosas, junto con Josefa Oliver, cambiar la forma de vida.

Los Padres Cirilo Font, superior de la comunidad de Caudete, y Salvador Barri, miembro de esta comunidad e inspirador del proyecto de apoyar una nueva Congregación, les aconsejaron orar y no precipitarse. Algo nuevo comenzaba a apuntar. Era el año 1890.





Perfil espiritual y personal de la Sierva de Dios, Elisea Oliver Molina,
a través de los testimonios biográficos y procesales.

La personalidad de la M. Elisea englobó numerosos y variados rasgos que confluyen armónicamente, de forma que, en su conjunto, hicieron de ella una mujer con particular atractivo por su encanto físico, bondad en el trato y dones de la naturaleza y de la gracia. Aquí, lo humano y lo sobrenatural se integraron formando un todo, sin fisuras ni dicotomías. Su rostro era realmente el espejo de la propia alma sencilla y transparente.

Uno de sus paisanos la recordará de jovencita, así: "era muy guapa y muy blanca"; Rosa Bañón, que la conoció desde los primeros años de su estancia en Caudete, da una visión más completa, ya que a su agraciado físico, se unía un porte educado y respetuoso: "Yo conocí a M. Elisea cuando aún no era monja carmelita, siendo un grupo de mujeres piadosas reunidas, pero sin estar aún aprobadas por el Sr. Obispo... Era alta, la cara alargada, muy guapa, ojos grandes, blanca de cutis (digo morena clara), y cabello, como llevaba toca no se le veía. Nariz afilada. Era muy educada, cariñosa respetable; parecía una señora elegante, pero monja por su trato. Sí, su porte era de señora".

Otros testigos hablan de que era "¡guapa como un sol!", y muy buena moza, alta, más bien delgada, la recuerda una joven postulante al entrar en la Congregación hacia el año 1917. Pero a su belleza física se unía el recato y la modestia: "Ponía los ojos en el suelo y ya no los levantaba", dirá uno sus vecinos benidolechenses. Su presencia infundía respeto, aunque al mismo tiempo ofrecía confianza. En opinión de la Hna. Celina Llin "su porte, sus modales, sus acciones, hacían sentir algunas veces cosas que no se podían explicar. El alma que estaba a su lado no podía menos que aspirar a la santidad".

A este su físico agraciado, se unía una amabilidad y simpatía que le resultaba connatural, lo cual tuvo ocasión de manifestar a lo largo de los años sin tasa ni medida, en el trato con las hermanas, y también con las personas seglares que se relacionaron con ella. La recordarán además graciosa y alegre. "Como a todas las grandes almas, le caracterizaba un gran espíritu de alegría. Era muy amiga de que a su lado no hubiese nadie triste". El P. Martínez Carretero hace referencia en su biografía a su "exquisito y amable trato... todo en razón de esa desbordante humildad y constante buen humor, en sintonía perfecta con una de las características del carmelitanismo carisma".

En cuanto a cualidades, fue una mujer bien dotada, con capacidad organizativa y emprendedora, responsable y laboriosa, lo que demostró durante toda su existencia. El P. López Melús no duda en afirmar: "Como tenía cualidades para todo y todo sabía hacerlo, no paraba ni un minuto". A pesar de ello, nunca se le vio hacer ostentación de nada sino todo lo contrario. Era humilde y no se avergonzaba de descubrir sus flaquezas a los demás. Con ello se humillaba y por otra parte servía de enseñanza a las personas más autosuficientes. Era consciente de que el ejemplo es la más elocuente lección, y recurría a él con frecuencia. Hna. Anunciación Pérez, en su etapa de formanda, recibió de la Sierva de Dios esta sencilla enseñanza, que guardará en su corazón toda la vida: "Cuántas veces estando yo barriendo, mientras hacía mi postulantado en Orihuela, me quitaba la escoba de la mano y, a la vez que se ponía ella a barrer, me decía llena de cariño: 'No sólo S. C. va a ganar el cielo". En una de sus cartas dice convencida: "Nuestra santificación debemos basarla en la humildad más profunda, y que ésta no sea teórica, sino práctica".

Todos estos rasgos, al parecer desenlazados, formaban como un bello mosaico que en su conjunto, dejan traslucir algo del interior rico y profundo de la Sierva de Dios; si bien con cierta dificultad, pues de ella no existen escritos de conciencia donde reflejase su intimidad, ni cartas de dirección espiritual en las que aflorara sus vivencias más profundas, ni siquiera conversaciones con otras religiosas en este mismo sentido cuyo testimonio haya llegado hasta nosotras. Sólo se conocen algunas frases escapadas de sus labios, como pequeños retazos de su profunda vivencia interior.

La M. Elisea era parca en hablar y pródiga en el arte de escuchar: "Prestaba la máxima atención a cuanto se le decía y como si en aquel momento no hubiese nada más importante; esto es una forma delicadísima de caridad fraterna a la vez que en esa atención silenciosa se escucha mejor el paso del Señor en los acontecimientos y cosas". Su talante ponderado y reflexivo, su madurez humana y aquella capacidad de penetrar e intuir lo que ocurría en el corazón de las hermanas era fruto, no de la adivinación sino de una atenta escucha a Dios y a los hermanos. Sin embargo, alguna hermana que convivió con ella y la veía actuar en la clínica Platón de Barcelona, atribuye a dones sobrenaturales su modo de proceder: "Poseía el don de ciencia porque, sin estudios, llegaba donde otros con ellos no llegan".

Fotografía de Madre Elisea en Barcelona, 1928

Josefa Oliver Mas sobrina nieta de la Sierva de Dios, nacida en 1911, que la conoció desde que "tenía uso de razón" y permaneció a su lado hasta la edad de 17 años, la recordará en su etapa de madurez, haciendo de ella esta bella y extensa semblanza: "M. Elisea era más bien alta que baja de estatura, gruesa más que delgada, guapa, vistosa. Su porte era grave, pero dulce. Era acogedora y atraía a las personas con su sonrisa y bondad, que le era connatural. Era inteligente, captaba mucho y hablaba poco, pero acertada. Aunque no gozaba de buena salud, siempre la vi en activo. Cantaba muy bien. Tenía pasión por la música... No era ñoña, me trataba con normalidad y familiaridad... No era fanfarrona sino sencilla; no mandaba, pero tenía gracia para hacerse obedecer sin imponerse. Se traslucían sus virtudes sin hacer ruido. No la oí nunca dar un grito o hablar con altanería; andaba despacio, siempre calma".

Con lo indicado hasta aquí, sólo se ha dibujado y borrosamente su perfil humano, resultando mucho más difícil penetrar en el alma de la M. Elisea. Para aproximarnos a su experiencia interior, como ya dijimos en otro lugar sería preciso profundizar en la espiritualidad carmelitana y constatar cómo ella la vivió intensamente. El amor a la Virgen lo explicita frecuentemente en sus conversaciones con las hermanas, en sus cartas y sobre todo en las fiestas marianas, que celebraba con gran esplendor y jubilo. Aprovecha cualquier ocasión para estimularlas al amor y fidelidad a Ntra. Stma. Madre del Carmen, como le gustaba llamarla, siguiendo la tradición carmelita: "Amadla vosotras con fidelidad y todos los días experimentaréis pruebas inequívocas de su maternal cariño".

El gusto por la oración y el retiro, por la alabanza y la liturgia, son muestras palpables de su profundo carmelitanismo. Y no pudo ser de otro modo, porque en el Carmelo asentó las bases sólidas de su vida interior y allí fue donde produjo frutos copiosos. Abundan los testimonios sobre el particular. Recogemos sólo uno en el que se evidencia sus añoranzas de vida eremítica, a semejanza de los primeros carmelitas. La M. Sacramento Cardona, que le acompañó en numerosos viajes, manifiesta: "Se destacaba en nuestra Madre gran amor a la soledad. Tenía -como ella decía- tentaciones de hacerse solitaria, o sea, de hacer vida eremítica... Así me lo manifestó un día que, viajando juntas en el tren, vimos en un monte vecino varias cuevas. Me decía: 'Hija mía, ya se me va quitando algo la tentación, pero cada vez que veo una de estas cuevas, se me renueva el deseo; siento un atractivo irresistible hacia ellas'. Esto dice muy alto que nuestra Madre tenía un trato y unión muy internos con Dios".

Otro aspecto carmelita digno de destacar es el arraigo que en su vida y en sus escritos tuvo la Sagrada Escritura. En sus cartas, de forma más o menos directa, cita con frecuencia textos bíblicos para estimular a las hermanas en su camino de fidelidad a Dios: "Pida mucho a nuestro Señor, que El ha prometido escuchar a los que le ruegan; y no deje de esperar, que si su oración es humilde y confiada, el Señor la atenderá".

En la M. Elisea aparece marcadamente el perfil espiritual de una persona arraigada en Cristo, que vivió su compromiso bautismal con el matiz de especial consagración que le daba la vivencia de los votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia, dentro del carisma carmelita. Pero sobre todo se destaca el de una mujer integrada por el amor, pues en la caridad encontró el móvil de su existencia, la plenitud de su personalidad. A medida que avanzó hacia la madurez, fue consiguiendo su integración personal, la firme adhesión a las exigencias del amor de Dios manifestado en Cristo. Ella experimentó la necesidad interior de vivenciarlo en el silencio contemplativo y en el servicio apostólico, sin oposiciones excluyentes, sino como una integración amorosa y como dos expresiones complementarias, cada una de las cuales matiza y resalta aspectos de la vocación cristiana.

La M. Mª de los Ángeles Badosa, que tan de cerca la trató, ofrece este significativo testimonio donde se pone de manifiesto su amor a Dios y a los hermanos: "Por más que se diga de la caridad que tenía, nunca se dirá bastante. Cuando nos reunía, siempre nos decía: 'Hijas mías, tened vida recogida y amad al prójimo como a vosotras mismas' ". La M. Elisea, con un lenguaje acomodado a los tiempos y a las personas, insiste repetidamente en esta idea integradora: Dios y el prójimo. La Hna. Celina Llin, la oyó repetir muchas veces: "Nuestra Congregación se fundó por las almas, para santificarnos y salvar muchas almas... Esta palabrita, este trabajo, ayudar a esta hermana, cuidar con presteza y cariño a este enfermo. ¿Por quién? ¡Ay! hijas mías, por Dios, que tanto nos ama, y no olvidemos a las almas que tanto le han costado al Señor".

En la Sierva de Dios aparecen el vigor y la ternura perfectamente dosificados, convirtiéndola en una persona equilibrada, madura, amable y bondadosa, con una mezcla de misericordia y firmeza, humildad y exigencia. En su vida encontró un puesto privilegiado la ternura, como esplendor del amor y de la bondad, enraizados en su alma contemplativa, que se daba como oferta de solidaridad y de servicio a los demás.

Las religiosas fueron sin lugar a dudas las principales beneficiarias de este amor comprensivo. La Hna. Sofía Blasco expresa: "En el trato con las Hermanas era ecuánime en extremo. A todas amaba mucho, pero con la que más lo necesitaba, se desvivía, hasta tal punto, que no parecía sino ser la sirvienta de todas". Y su testimonio adquiere mayor credibilidad, pues ella misma fue objeto del cariño y la ternura de la Sierva de Dios: "Todas las Hermanas vivíamos convencidísimas de ser amadas de nuestra Madre querida... Sus correcciones eran siempre maternales, como hijas del gran amor que nos profesaba. Así como yo sentí en varias ocasiones el verdadero amor de tan buena Madre, creo con firmeza lo experimentaron otras; pues así lo he oído decir a muchas Madres y Hermanas antiguas y a varias religiosas que la conocieron, aunque no fueran de nuestra Congregación".

Como síntesis de su personalidad, podríamos decir lo siguiente: La M. Elisea fue "una mujer integrada por el amor, un alma serena, afectiva, equilibrada; con un grande amor a Dios y a los hombres. Una criatura que avanzó por el camino de la caridad perfecta y supo amar a todos en Cristo con un corazón indiviso".



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